¡Qué más quisieras!

El cocodrilo que protagoniza esta historia, tal como otros cocodrilos, vivía en una charca. Allí pasaba largas horas flotando en la superficie y entonces apenas era posible distinguir sus ojos y su nariz. Además, cada vez que algún animal se acercaba él tenía el hábito de sorprenderlo diciéndole: "¡Eh, tú! ¡Ven a jugar conmigo!". Naturalmente, la respuesta era previsible. Los animales sentían pavor al verlo emerger del agua con sus enormes fauces abiertas y exhibiendo sus filosos dientes. Lo cierto es que nadie quería jugar con él y así pasaba las horas y los días muy...
